Personaje sugerido


PERSONAJE HISTÓRICO SUGERIDO

Fernando IV de Castilla, llamado «el Emplazado» (Sevilla, 6 de diciembrede 1285 – Jaén, 7 de septiembre de 1312), fue rey de Castilla entre 1295 y 1312.
Durante su minoría de edad, su crianza y la custodia de su persona fueron encomendadas a su madre, la reina María de Molina, mientras que su tutoría fue confiada al infante Enrique de Castilla el Senador, hijo de Fernando III de Castilla. En ese tiempo, y también durante el resto de su reinado, su madre procuró aplacar a la nobleza, se enfrentó a los enemigos de su hijo e impidió en varias ocasiones que Fernando IV fuese destronado.
Hubo de enfrentarse a la insubordinación de la nobleza, capitaneada en numerosas ocasiones por su tío, el infante Juan de Castilla el de Tarifa, y por Juan Núñez II de Lara, quienes fueron apoyados en algunas ocasiones por Don Juan Manuel, nieto del rey Fernando III. + info

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Los residuos estadounidenses de la Guerra Química

Bajo las copas de los álamos y los robles, un equipo de geofísicos inspeccionaba el suelo del bosque en busca de reliquias bélicas de hace un siglo. Colocaron un detector electromagnético sobre la hojarasca mientras el delicado instrumento recolectaba datos acerca de los objetos que se encontraban en la tierra bajo sus pies.

En 1918, las granadas de mortero y los proyectiles de artillería se dirigían a esta área cercana al embalse Dalecarlia, uno de los suministros principales de agua para la capital de la nación. Sin embargo, aquí no peleaban los ejércitos y los soldados tampoco cargaban el terraplén. En cambio, los proyectiles se lanzaban desde el campus de investigación del periodo de guerra de la American University, donde los científicos desarrollaban armas químicas, explosivos, bombas y máscaras antigás para su uso en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial.

En el centenario del fin de la guerra, el equipo que trabajaba en el bosque fue un recordatorio de que la Gran Guerra tuvo otro nombre: la Guerra Química, un sobrenombre que refleja el papel fundamental que la ciencia desempeñó en el conflicto. Alex Zahl, gestor de proyectos para el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos y un autoproclamado aficionado a la Primera Guerra Mundial, reflexionó sobre la tecnología de avanzada que estaban utilizando para detectar los vestigios de experimentos que datan de 1918.

“Hace cien años estaban utilizando tecnología de última generación para desarrollar armas químicas”, dijo Zahl, de 62 años, dentro del remolque con aire acondicionado que sirve de sede para el proyecto de limpieza. “Esa era tecnología de punta en ese entonces, y henos aquí, cien años más tarde, usando las herramientas más recientes para recuperar el material que dejaron atrás”.

La Primera Guerra Mundial, que terminó con el armisticio el 11 de noviembre de 1918, es tristemente famosa por las horrendas condiciones de sus campos de batalla, sus enfrentamientos extenuantes y sangrientos —las batallas del Somme, Verdún, Ypres, entre otras— y la masacre humana que causaron. Unos 8,5 millones de soldados fueron asesinados y 21 millones más quedaron heridos.

El papel de la ciencia no es tan recordado. La guerra aceleró el progreso tecnológico con la óptica, la radio y el radar rudimentario. El cañón de ataque más grande de los alemanes, el temido Cañón de París, lanzaba a la estratósfera proyectiles gigantescos que regresaban a la Tierra para sacudir la capital francesa, ubicada a 120 kilómetros de distancia. Los ágiles submarinos alemanes acechaban bajo las olas. La aviación, incipiente al inicio de la guerra, floreció con estruendo para las etapas finales. El inventor Thomas Edison utilizó su destreza científica para ayudar a la armada estadounidense.

Incluso antes de que Estados Unidos entrara a la guerra, la Academia Nacional de Ciencias se anticipó a la necesidad de una colaboración entre científicos, universidades, industrias y la milicia. El presidente Woodrow Wilson estableció el Consejo Nacional de Investigación en 1916 y, después de que firmó la declaración de guerra el 6 de abril de 1917, el secretario de Asuntos Exteriores de la Academia Nacional, George E. Hale, envió un telegrama a sus homólogos en el Reino Unido, Francia, Italia y Rusia: “La entrada de Estados Unidos a la guerra unifica a nuestros hombres de ciencia con los suyos para una causa común”.

Los científicos estadounidenses se sumergieron en el esfuerzo bélico. A pesar de que pocos son personajes famosos hoy en día, los mejores físicos, químicos e ingenieros de la época se ofrecieron como voluntarios. Muchos de los que venían de universidades prestigiosas eran conocidos como “los hombres de un dólar al año”, pues les pagaban un sueldo simbólico por su labor.

“El ejército tenía muchos problemas que resolver y no podía hacerlo sin ayuda”, comentó Daniel J. Kevles, profesor emérito de Historia en Yale y autor de The Physicists.

En muchos aspectos, el Servicio de Guerra Química de Estados Unidos fue la personificación de esos esfuerzos. El programa de guerra química de Alemania fue idea de sus químicos más respetados; los estadounidenses no estaban bien preparados. Al entrar a la lucha dos años después de que Alemania había detonado la carrera de armas químicas con un inesperado ataque con gas en Flandes, Bélgica, el ejército estadounidense no tenía máscaras antigás ni equipo de protección; tampoco tenían la capacidad de producir ni desplegar armas químicas. Los médicos no tenían experiencia para tratar a soldados gaseados o con quemaduras por químicos. Además, tenían poco tiempo para actualizarse.

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SZMT | Actualizado: 23/12/2018


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