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Paul Krugman: ¿Qué demonios le pasó a Brasil?

Condiciones comerciales de Brasil
El debate internacional sobre la experiencia brasileña ha sido sorprendentemente limitado, aunque lo que sucedió fue muy serio y Brasil es una economía bastante grande (el producto interno bruto, PIB, a valores de paridad de poder adquisitivo es unas diez veces más grande que el de Grecia). Tal vez todos estábamos demasiado distraídos por la crisis política en Occidente: Trump, brexit, etcétera. En todo caso, he tratado de analizar la historia de la crisis de Brasil, pero soy consciente de que podría estar ignorando aspectos importantes.

Esto es lo que creo que sucedió: Brasil parece haber recibido el embate de una tormenta perfecta de mala suerte y malas políticas, con tres aspectos principales. Primero, el entorno mundial se deterioró de manera marcada, puesto que el desplome de los precios de las exportaciones de materias primas sigue siendo importante para la economía brasileña. Segundo, el gasto privado nacional también cayó, quizá debido a una excesiva acumulación de deuda. Tercero, las políticas, en vez de combatir la depresión, la exacerbaron, con austeridad fiscal y endurecimiento monetario incluso mientras la economía se estaba yendo a pique.

Tal vez lo primero que hay que decir sobre la crisis brasileña es lo que no fue. Durante las últimas décadas quienes han seguido la macroeconomía internacional más o menos se han acostumbrado a las crisis de un “alto repentino” en las que, de manera abrupta, los inversionistas le dan la espalda a un país al que (como diría Otelo) no han amado con cordura sino demasiado bien. Eso fue lo que sucedió en la crisis mexicana de 1994-95, las crisis asiáticas de 1997-99 y, de manera importante, la crisis del sur de Europa después de 2009. También es lo que aparentemente estamos viendo en Turquía y Argentina en este momento.

Sabemos cómo es esta historia: el país en desgracia ve cómo su moneda se deprecia (o, en el caso de los países del euro, cómo se disparan sus tasas de interés). La depreciación de la moneda por lo general incentiva la economía, pues hace que sus productos sean más competitivos en los mercados mundiales. Sin embargo, los países donde se dan los altos repentinos tienen enormes deudas en moneda extranjera, así que la devaluación de la moneda hace pedazos el balance general y ocasiona una seria caída en la demanda doméstica. Los legisladores tienen pocas opciones buenas: aumentar las tasas de interés para apuntalar la moneda solo golpearía la demanda desde otra dirección.

No obstante, aunque podrían haber asumido que Brasil era un caso similar —su declive del nueve por ciento en el PIB real per cápita se compara al de las crisis de alto repentino del pasado—, resulta que no es así. Sucede que Brasil no tiene demasiada deuda en moneda extranjera y que los efectos de la moneda en los balances generales no parecen ser una parte importante de la historia. ¿Qué pasó en lugar de eso?

En primer lugar, el entorno económico mundial dio un giro importante que empeoró las cosas. Brasil, hasta cierto punto, se ha diversificado en las manufacturas, pero todavía depende fuertemente de las exportaciones de materias primas, cuyos precios han caído. Como muestra la figura 1, las condiciones comerciales de Brasil —el coeficiente de precios de exportaciones e importaciones— sufrieron un fuerte impacto.

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