Personaje sugerido

 
 
 

El retraimiento del capital y el impuesto sobre la euforia en la II República

Hablar sobre la II República sería dividirse, e incluso enfrentarse. En cuanto a opiniones enfrentadas se refiere, desde el punto de vista si era lo esperado y, a su vez, poco después, truncado para la modernización de un país y su revolución en pos de una evolución... que no llegaba.

Tenemos opiniones de todo tipo: la dicha de esperanza y fe sin la caridad de una suerte que no llegó o también se perdió; o, bien, la de un caos que nos llevó a una solución sin final... de otro caos.

Sea como fuere, la II República es casi sinónimo de no prosperidad, desde la mejor de las intenciones. Pero parece ser que sí tuvo su apogeo y apuesta con cierto apoyo, y este apoyo, evidentemente, se reflejó en el movimiento del capital. O eso se supuso que ocurriría. Hasta tal punto de excusa que se aplicó un impuesto. Léase:

El impuesto de la euforia:

¿Cuánto se ha recaudado por el impuesto sobre la euforia? Esa amarga nota del señor Pich y Pons nos indica claramente que este impuesto, al que atribuíamos un poder extraordinario, no consigue atrapar más de setenta y dos pesetas. ¡Extraño fracaso! Muchos españoles tenemos los oídos heridos de escuchar aquellas lamentaciones que surgieron a raíz de implantada la República, todas las cuales se concertaban en lamentarse del retraimiento del capital. A solas con sus meditaciones, con la abstracción patriótica en la que se sumerge todo hombre público, ese gran patricio que se llama Alejandro Lerroux se dedicó durante dos años a martirizarse con la obsesión de que el capital abandonara su retraimiento. Entonces angustió a los ciudadanos con una preocupación lacerante; había que darle confianza al capital. Con este emblema llegó al Poder don Alejandro, mas el estatismo capitalista siguió en su amargo reposo. Sin embargo, don Alejandro no se arredró y fué él mismo quien introdujo esa dinámica admirable en el dinero y fueron surgiendo, por su iniciativa, todos esos negocios que han producido el más maravilloso embobamiento de los españoles. El retraimiento del capital se fué tomando en efervescencia inquieta y agitada. Ya la Bolsa era impotente para contener la avalancha y hubo que establecer sucursales en todos los ministerios. Períodos febril y magnífico, en el que el dinero trazó su danza dorada y los millones trepidaron con la sugestiva música del oro. Este resurgir tuvo un nombre apropiado: euforia. El país, bajo el signo de la euforia, ha definido esta exaltación gloriosa. Y fué entonces cuando don Alejandro, animador admirable de esta etapa ubérrima, discurrió el impuesto sobre la euforia.

El impuesto sobre la euforia, de cuya implantación se ha encargado el señor Pich y Pons, como presidente de la Comisión del homenaje a Lerroux, consiste en recaudar dinero para don Alejandro. Un impuesto lógico, perfectamente natural, del que es muy lícito que se beneficie el caudillo. Se estudió con todo detalle y se convino en establecerlo fundándolo en la necesidad de adquirir una casa para el señor Lerroux. La idea no es nueva, así como la del homenaje que se habría de celebrar el día 23 del mes presente, porque ya fué lanzada en tiempos de la dictadura para hacerle una casa a Primo de Rivera. Cerca de cinco millones de pesetas se reunieron entonces. El impuesto sobre la euforia tenía un porvenir mucho más optimista. Los cálculos más limitados lo hacían ascender a cantidades fabulosas. Todos los españoles estábamos pendientes de la cifra, y uno de ellos, el señor Lerroux, montó un cuerpo de contabilidad especialmente dedicado a registrar las cantidades aportadas.

Pero ha ocurrido algo verdaderamente asombroso. Algo que tiene muy preocupado a don Alejandro y que tal vez le obligue a determinaciones muy graves. Resulta que esta suscripción decrece en lugar de aumentar. El fenómeno es tan sorprendente que el propio señor Salazar Alonso se ha visto obligado a prohibir el homenaje a Lerroux, señalado para el día 23, al objeto de que se eleve la recaudación, desoladoramente exigua hasta ahora, y, sobre todo, al objeto de que dé tiempo para practicar investigaciones especiales, ya que la recaudación de este impuesto sobre la euforia se presta a demasiadas sospechas. Vagamente se conocen las aportaciones. El ajetreo capitalista, que ya ha abandonado su retraimiento, acude con sus cheques rutilantes, pero la cantidad recaudada es cada día menor. Se le ve decrecer con un vértigo angustioso, hasta el punto de que Lerroux prepara un magnífico discurso con el que asombrará el país. Un discurso en el que se propone rogar que le envíen a él, directamente a él, las entregas que se propongan efectuar los donantes, porque es que si lo siguen recaudando sus correligionarios, parece que no tan sólo se verá imposibilitado de comprar una casa, sino que tendrá que hipotecar las que tiene.

La sorna periodística, obviamente, pertenece a la fecha de un Lerroux ya girado a la derecha... no de Dios Padre, sino a la misma que posteriormente le pondría junto a Franco. Porque el artículo es del año 1934, y de autor anónimo pero publicado en diario El Socialista, el 18 de septiembre. Título: "Retintín. El impuesto sobre la euforia".

Alejandro Lerroux García (La Rambla, 4 de marzo de 1864-Madrid, 27 de junio de 1949) fue un político español de ideología republicana. Ejerció la presidencia del Consejo de Ministros en varias ocasiones durante la Segunda República.

Licenciado en derecho por la Universidad de La Laguna. Fundador y a la vez líder del Partido Republicano Radical (PRR), desde sus inicios fue un político controvertido, siendo especialmente conocido por su retórica demagógica. Con un discurso obrerista, anticlerical y diametralmente opuesto al incipiente nacionalismo catalán,​ durante su primera etapa política se convirtió en un destacado líder político en Barcelona. Con posterioridad adoptaría posiciones más templadas, teniendo un papel destacado en la proclamación de la Segunda República. Enfrentado a los gobiernos de Azaña durante el llamado bienio «reformista», a partir de septiembre de 1933 asumiría la presidencia del Consejo de ministros y se convirtió en uno de los principales árbitros de la situación política durante el bienio «radical-cedista».

Su giro a la derecha, sin embargo, llevó a su partido a sufrir varias escisiones; su imagen también quedó muy dañada entre el público por una sucesión de escándalos de corrupción que se hicieron públicos a finales de 1935. Tras el hundimiento del Partido Radical en las elecciones de 1936, Lerroux desapareció del escenario político. Con el estallido de la Guerra civil se exilió en Portugal, desde donde llegaría a mostrar su adhesión a Francisco Franco.
Dice la Wikipedia, y más.

Tal vez este artículo también se haya podido titular: ¡Vaya, un político!. O, incluso: Un pre caso aislado. Aunque, al parecer, según lo narrado, también estaba bien rodeado (avezados ellos y bien versados también en los menesteres de la ancha política, que no es Castilla pero surte)... y poco le llegaba del impuesto que él había impuesto.

Cosas de la Historia o, quizá, sólo de la información de un medio de comunicación específico. O directamente una curiosidad poco o nada conocida: la de un impuesto sobre la euforia.

| Ernest Xínoga

Buscar este blog

Suscríbase y reciba nuestras publicaciones por correo electrónico